Desigualdad, ¿es una cuestión de identidad o económica? - GenÉthico
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Desigualdad, ¿es una cuestión de identidad o económica?

Desigualdad de clases, de género, de sexo, étnica, educativa, legal… Son muchos los tipos de desigualdades que nos encontramos a lo largo de la historia. Así como la naturaleza crece e impulsa la biodiversidad, los seres humanos hemos estado obsesionados a lo largo de la historia con imponer unos cánones que establecieran el modelo “válido” exitoso y aceptado por el conjunto de la sociedad. Por otro lado, todo lo que se alejara de dicho modelo era y es directamente discriminado.

La diversidad es riqueza y nos permite compartir experiencias y conocimientos muy valiosos para nuestra supervivencia.

Entonces ¿por qué nos empeñamos en la supremacía de un solo perfil?

Si intentamos profundizar un poco más, en el año 1754 la Academia Dijon lanzó ya la pregunta de ¿cuál es el origen de la desigualdad entre los hombres?

Adam Smith publicó también “La Riqueza de las Naciones y Rousseau sostiene en su obra “Sobre el origen de la desigualdad entre los hombresque la desigualdad no se presenta de forma natural en el hombre sino que aparece y se agrava con la propiedad privada.

La industrialización creó una diferencia importante en los ingresos de los ciudadanos y promovió abusos en aquellos que generaban más riqueza expropiando también a los otros. Cosa que también se hizo de unos países a otros. 

Ya en aquel momento, la diferencia de ingresos entre las personas que vivían en países enriquecidos a las personas que vivían en países empobrecidos era de 4 a 1. A principio de este siglo llegaron a cifras de 30 a 1. Es decir, los ingresos de una persona en un país enriquecido eran igual a la suma de los ingresos de 30 personas que residen en un país empobrecido.

La fórmula 50-1/1-50

En la actualidad, 815 millones de personas en todo el mundo pasan hambre. La falta de acceso a agua potable y alimentos condena directamente a las personas que la sufren. Por supuesto esta desigualdad no solo se queda aquí, sino que también impide el acceso a la educación a millones de niños en todo el mundo. Numerosas ONGs como ACNUR o SAVE THE CHILDREN declaran en sus últimos informes que la pobreza se hereda.

Desde no hace mucho también sabemos que la distribución de la riqueza es aún más desigual. Se habla de la fórmula 50-1/1-50. Lo cual estima que el 50% de la población mundial solo posee el 1% de la riqueza de todo el mundo, mientras que el 1% de las personas más ricas se reparte el 50% de la riqueza mundial.

Según el último informe de Credit Suisse, la entidad financiera Suiza, este indicador de desigualdad se ha moderado ligeramente. Las grandes fortunas se reparten en la actualidad el 45% de los activos totales mundiales frente al 50% que mencionábamos antes. No obstante, esto tan solo se debe a que los ricos que poseen más de 1 millón de euros han aumentado un 5,7%. Mientras, la escala más baja de la pirámide sigue incluso más empobrecida al ser mayores las diferencias entre ricos y pobres. 

¿Es entonces el derecho a un ingreso mínimo la solución en la lucha contra las desigualdades?

No es LA SOLUCIÓN, pero forma par de ella. Garantizar salarios mínimos que aseguren que ningún trabajador sea pobre, es básico en la lucha contra la desigualdad social y de oportunidades.

Un aspecto curioso a tener en cuenta es que los datos aportados anteriormente con respecto al reparto de la riqueza son datos que conocen entidades financieras, grandes asociaciones empresariales, el FMI… Sin embargo, por poner un ejemplo, en la Agencia Tributaria Española, sólo figuran un tercio de las grandes fortunas. Es evidente que algo estamos haciendo mal.

Es cierto que dentro de cada sociedad existe discriminación por género ya que es innata al sistema patriarcal en el cual hemos creado los cimientos de toda nuestra cultura, ideología, etc.

La crisis migratoria ha puesto de nuevo sobre la mesa actitudes racistas que ya pensábamos erradicadas de nuestros organismos públicos. La crisis de los refugiados tanto en la franja de Gaza, como en el Líbano, el campo de refugiados de los Rohingyas en Bangladesh o la guerra Congoleña por el coltán… denotan la falta de un pensamiento colectivo que nos permita avanzar como ciudadanos del mundo.

Las desigualdades interesan a unos pocos, quizás a parte de ese 1% de la población que se enriquece cada día más a costa del sufrimiento y las desigualdades del otro 50% restante. Y también a muchos organismos, ya que un pueblo con la capacidad crítica de pensar por sí mismo, es un pueblo “poco manejable”. Pero si analizamos la fotografía mundial con un poco de inteligencia colectiva nos daríamos cuenta que cuando nuestro vecino está bien, nosotros también estamos bien. Para todos aquellos que siempre hablan en términos económicos, ¿cuánto vale un mercado de 900 millones de personas? Imaginad que África dejase de ser un continente explotado, empobrecido a costa de los mal llamados “países ricos”. Si los 900 millones de personas que viven en África tuvieran capacidad de consumo…¿no nos iría mejor? Sí, pero algunos perderían riqueza y poder.

Seguramente iremos viendo noticias como “El resurgir de África”. En 2019 señalaba que la mitad de los países del mundo en índices claros de crecimiento económico fueron Africanos debido a la inversión extranjera, entre ellas, de la futura industria textil. Pero, por supuesto, no es un crecimiento inclusivo que repercuta en el desarrollo interno y en la renta de la población local. Intentaremos hacer de África lo que hicimos con China. Aprovechar sus condiciones para enseñarles una profesión, sí, pero explotando a la clase trabajadora y siendo nuestra fábrica low cost.

Replanteamiento de cara al futuro…

Es cierto que tras la inmigración hay muchas motivaciones, pero actualmente la principal sigue siendo por conflictos bélicos y, en consecuencia, por supervivencia. Las siguientes olas migratorias serán derivadas del cambio climático.

Cuando los lugares donde habitan millones de personas se conviertan en inhabitables, el Pueblo no tendrá más remedio que emigrar. Además, estas personas volverán a encontrarse con el rechazo de la población local a la que accedan y la correspondiente desigualdad que ello implique. Y no porque sean mujeres u hombres (cosa que aún en las circunstancias más duras, las mujeres y niñas se llevan la peor parte), tampoco porque tengan otro idioma, otra religión, nacionalidad,,, La realidad es que, en general, la humanidad no tiene un problema con las culturas, lo tiene con la pobreza.

Daros unos minutos y pensad, si llega a España una persona con poder adquisitivo, pero que su origen sea Oriente Medio, la India o África, ¿cómo lo acogeríamos? ¿Se encontrará con los mismos obstáculos, tanto legislativos como sociales, que si la persona fuera pobre?

Creemos que no. Tendremos que repensar entonces si realmente facilitamos y preservamos la vida de quiénes lo necesitan o, por el contrario, tan sólo actuamos en función de lo que parece un beneficio directo para nosotros.

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