La doble vara de medir - GenÉthico
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La doble vara de medir

Hipocresía, falsa moral, doble rasero, todos son conceptos que expresan claramente la doble vara de medir que tenemos los humanos en función de nuestros intereses. Es curioso como ante una acción negativa, siempre la que hace el otro es peor que la que hace uno mismo.

No nos creamos que esta doble vara de medir solo la aplicamos en el ámbito privado, en el tejido empresarial nos encontramos a diario con esa hipocresía, y no hablemos del entorno institucional, político.

¿Realmente aplicamos la ética ante situaciones en las que sólo nos tendría que preocupar buscar soluciones en lugar de determinar quién ha cometido el error más grave?

La ética se encuentra en el corazón del desarrollo sostenible. No podemos crear un mundo mejor, bajo la complejidad actual, sin grandes dosis de ética y empatía.

Estableciendo criterios globales.

A medida que la población humana aumentaba y aumenta, nos vemos obligados a determinar con más precisión unas normas que garanticen la convivencia. Debemos unificar criterios sobre lo que podemos o no podemos hacer.

Legislar es algo tremendamente complejo y que no siempre se hace bien, sin olvidar la dificultad a la hora de interpretar la ley. En muchos casos, por no estar bien detallada o formulada, deja bajo la interpretación de un magistrado la decisión final sobre cómo se aplica la misma. Esto abre un abanico enorme ya que lograr una imparcialidad total es imposible. Cada persona carga con su propia mochila de experiencias, valores e influencias. Por tanto, ante unos hechos concretos, la interpretación legislativa propia a cada juez condiciona la sentencia.

También nos enfrentamos a la antigüedad de la ley. En efecto hay leyes muy antiguas que nunca deberían cambiar, como por ejemplo la prohibición de matar. Sin embargo, con frecuencia nos encontramos ante una ley obsoleta o directamente la falta de legislación sobre algunas áreas. La sociedad evoluciona y evolucionará a una velocidad de vértigo y la legislación suele quedarse varios escalones por detrás. Esto ha provocado que bajo el amparo de un vacío legal se ha operado infinidad de acciones poco éticas.

¿Puede la ética sustituir a la ley?

Quizás no sustituirla, pero a falta de ley, la ética debería guiarnos. Sin embargo aplicamos poco esta afirmación. De nuevo la moralidad y la ética se encuentran directamente relacionadas con las costumbres de un país y la educación de sus ciudadanos. La necesidad imperiosa de establecer consensos globales ante muchas situaciones ha llegado. Si la globalización nos permite movernos por todo el mundo y acercarnos entre países y sociedades, tendríamos que poder establecer acuerdos de máximos (que no de mínimos) para conseguir una mejor convivencia y relación entre todos los países. Sólo de esta forma se logrará alcanzar todas las metas fijadas en los Objetivos de Desarrollo Sostenible.

Es inviable pensar que permitiendo el trabajo infantil, la brecha salarial o la explotación del planeta, vamos a conseguir un mundo mejor.

Si no lo quieres para ti, tampoco lo quieras para otro.

Las personas somos quienes hacen que muchos de los problemas actuales resulten más complejos. Sin embargo, gran parte de ellos se resolverían evaluando si en tu casa, comunidad, país…te gustaría que se llevaran a cabo ese tipo de prácticas.

Es curioso porque son muchos los países que prohíben, por ejemplo, el trabajo infantil. Aunque parece haber consensos globales sobre los derechos de los infantes y muchos estamos en contra de la explotación infantil, acabamos igualmente comprando productos fabricados por niños. Tristemente, escudamos nuestra decisión argumentando que el problema existe en otros países y que no podemos incidir en su cultura o en su legislación.

¿De verdad a alguien le reconforta esta idea?¿De verdad pensamos que a día de hoy no tenemos la capacidad para permitir que otros países se desarrollen en libertad, como en su día lo hicieron los nuestros?

No solo tenemos capacidad para influir en el crecimiento de esos países empobrecidos, sino que somos directamente responsables de que continúen en esa situación.

Aprovechar la miseria de otros para pagar salarios totalmente insuficientes, trabajar en condiciones de precariedad absoluta, usar sus países como vertederos gigantes para que nosotros disfrutemos de productos efímeros, de altos márgenes de beneficios en nuestras empresas y de crear el concepto de obsolescencia programada no nos hace pertenecer a países desarrollados, líderes mundiales; nos hace pertenecer a países explotadores de otros vulnerables.

El caso de la venta de pesticidas

Veamos el caso de España y la venta de pesticidas, prohibidos en Europa, a África o América latina. Una de las últimas investigaciones de Greenpeace concluye que en 2018 España envió a países empobrecidos más de 81.600 toneladas de productos químicos par la agricultura prohibidos en Europa. Estos datos se obtienen tras el análisis de 400 informes que determinan que alguno de estos pesticidas prohibidos son el dicloropropeno, la cianamida, el paraquat, el ecetoclor y la atrazina.

Todos ellos forman parte de una gran lista vendida a 85 países de los cuales 3 de cada 4 se encuentran en vías de desarrollo, ¿casualidad?

La prohibición de estos químicos viene dada por estudios científicos que avalaron que tienen efectos perjudiciales tanto para la salud humana como para el medio ambiente. Contaminan las aguas, alteran las poblaciones de los insectos, aves y peces, además de aumentar el riesgo de enfermedades en los humanos como el Párkinson, el cáncer o afecciones del sistema endocrino y reproductivo.

Por supuesto que España no es la única que hace estas acciones, realmente realiza un 6% del total de esas exportaciones, pero eso no lo hace menos malo.

¿En qué nos escudamos? Pues que el hecho de que un producto esté prohibido en Europa no lo convierte en ilegal en África. Pero ¿realmente es ético vender a otro país productos que se han prohibido en el lugar desde donde se están fabricando precisamente por ser nocivos para la salud humana?

El caso de las bebidas azucaradas

Estas acciones nos tienen que afianzar la necesidad de una ética empresarial real. Existen números prácticas en esta vía. Todos conocemos marcas de bebidas azucaradas que han tenido que cambiar su composición y bajar considerablemente las dosis de azúcar de sus productos. La legislación de algunos países en concreto ha conseguido etiquetar los productos según un semáforo el cual determina el grado de lo saludable que es un producto para el consumo humano.

Basándose en la ciencia, algunos países han empezado a educar a jóvenes y mayores sobre la cantidad de azúcar o grasas saturadas que contienen algunos productos en el mercado. El símbolo del semáforo es algo simple y entendible para toda la población. Si tu semáforo está en rojo no puedes pasar, en un producto alimenticio significa que no es recomendado comerlo. Esta acción de salud pública consiguió reducir drásticamente la compra de las bebidas azucaradas. Las marcas se vieron entonces obligadas a cambiar sus fórmulas si querían entrar en otro color del semáforo más aceptable que el rojo y, por consiguiente, volver a subir algo más las ventas de su producto.

¿Qué nos dice esto? Que tanto la empresa como las instituciones sanitarias saben que ciertos productos son totalmente innecesarios para la salud humana y que además provocan enfermedades o trastornos en nuestra salud. Sin embargo. no aplicamos la ética, sino que esperamos a la legislación.

No nos cansaremos de decirlo, es cierto que podemos habernos pasado años cometiendo el mismo error, pero todos deberíamos aprender constantemente. En el momento en el que disponemos del conocimiento no hay excusas. Cuando conoces la verdad, actuar en consecuencia desde la ética y la empatía es una obligación, no una opción. 

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